Un conte de Douglas Glover

Swain Corliss, héroe de Malcolm's Mills (actual Oakland, Ontario), 6
de noviembre de 1814

 

Por la mañana, los hombres se frotaron los ojos y vieron
caballería de Kentucky e indios montados en caballos de granja robados
coronando la colina al otro lado del valle. Los de Kentucky parecían
cansados y tranquilos, sus ojos hundidos con precisión analítica.
Éramos otro problema a solucionar; venían arreglándolos todos desde
Fort Detroit, principalmente mediante asesinatos, mutilaciones e
incendios, los métodos más comunes.

    Los indios eran cherokees y kickapoos, con algún muncy de por
medio. Llevaban escarapelas de plumas de águila, el pelo largo
cubriéndoles el perfil y pintura en la cara, confiriéndoles un toque
femenino con esa luz; algunos llevaban melenas colgando del cinturón.

    Vinieron a la colina en una columna, silenciosa como la fuente
fluyendo de entre los montes, y se pararon a mascar tabaco o fumar
pipas de arcilla mientras nos analizaban. Más kentuckianos que venían
a extender la línea a ambos lados del camino y hacia el bosque
desmontaban, y encendían fogatas para cocinar o se adormecían bajo las
panzas de sus caballos con las riendas atadas a la muñeca.

    El general McArthur cabalgó con sus oficiales, todos de azul,
botones de latón y sucios rostros pálidos. Espoleó a su yegua hacia
delante, donde respingó, hizo cabriolas y estuvo a punto de
precipitarse por la empinada pendiente. Hizo una señal, y los indios
desmontaron y empezaron a andar por la carretera para rodear a
nuestros exploradores. Los indios tenían un aire de estar aguardando
su ochentaypico batalla. Se arrastraban precipitadamente por la sucia
carretera, con los mosquetes en los brazos, como aburridos por los
acontecimientos, como si poseyeran una delimitación precisa de la zona
de riesgo que dejaba entrever una amplia familiaridad con la muerte y
el morir.

    Los hombres que podían contar contaban.

    Alguien dijo: "Oh, Dios mío, si hay uno, hay un millar."

    Debo añadir que éramos unos cuatrocientos: la 1ª y 2º milicia de
Norfolk, algunos oxfords y lincolns, seis instructores de la 41 de
infantería y algunos granjeros locales que habían llegado el día antes
para la empresa.

    El Coronel Bostwick (los hombres le llamaban Jack el Sonrisas) se
levantó por encima de la colina tras nuestra línea, observando al
enemigo a través del valle con un catalejo y su abrigo rojo
arremolinándose en los muslos. Generalmente estaba de pie solo. Fue
alcanzado en la pierna por un disparo en Frenchman's Creek y en la
cara en Nanticoke, mientras se adentraba en Dunham y tropezó
accidentalmente con la banda de Sutherland y Onstone. La herida de su
cara le hacía aparentar una sonrisa perpetua, lo que era repulsivo y
enervaba a sus tropas en combate.

    Injun George, un viejo chippeway que se alojaba en una cabaña
sobre Troyer's Flats, fue el primero en aparecer desde el riachuelo.
Dijo que había visto en el agua a una serpiente negra, lo que
significaba mala suerte. Dijo que el kickapoo desapareció en cuanto le
disparó, lo que quería decir que habían aprendido el truco de
desaparecer y tenían buenas medicinas. Él mismo había intentado,
durante años y con poco éxito, desaparecer. Más adelante, disparó a
una bruja en el tejado del molino, de la que dijo que probablemente
era uno de los kickapoos.

    Una tropa de kentuckianos bajó por la colina con bolsas de
munición y rifles largos Pennsylvania y empezaron a disparar hacia la
compañía de McCall, escondida tras una barricada de troncos de olmo
levantada en la carretera. No podíamos responder demasiado por falta
de pólvora, por lo que los kentuckianos se descubrieron en la orilla
del riachuelo, fumando sus pipas blancas de arcilla y disparándonos.
Otros tan sólo miraban, o meaban en la colina, o lavaban sus camisas y
las tendían, como si luchar y matar fuera un simple murmullo doméstico
más, igual que matar al cerdo o preparar conservas.

    Alguien dijo: "Son exactamente igual que nosotros, salvo por el
hecho que no estamos en Kentucky arrancando pelos, robando caballos e
intentando tomar la plaza".

    Los proyectiles sonaban como auténtica dinamita explotando
perversa contra los troncos.

    Otro intentó lanzar un grito por el rey Jorge, que se perdió, con
muchos hombres dándole vueltas a por qué el rey Jorge había retirado a
sus regulares al otro lado del río Grand y quemado el carguero para
que no pudieran estar aquí cuando el fuego se iniciara.

    Pum, pum volaban las balas. Una lluvia melancólica empezó a caer,
formando en el sendero arroyos enfangados. El humo de las fogatas para
cocinar republicanas se escurrió por el valle y se colgó sobre el
canal del molino.

    El Coronel Bostwick causó algo de consternación al bajar para
estar con sus hombres, corriendo arriba y abajo, justo tras la línea,
con su extraña doble mueca en la cara (su mejilla tatuada con
quemaduras de pólvora incrustadas en la piel) y una antigua alabarda
de oficial a los hombros, dándonos órdenes con un murmullo ronco y
nervioso.

    "Atrás, vosotros los infieles, vosotros los ejércitos de Gog y
Magog, agentes y parientes de Azazel. ¡Golpead, golpead! Oh Señor,
bendice los niños que se baten en vuestro nombre. ¡Recordad, chicos,
que los reyes hebreos no tenían escrúpulos para serrar a sus enemigos
con sierra o clavarlos con clavos de hierro!"

    El Sargento Mayor Collins de la 41 intentó que se agazapara bajo
la valla sinuosa, pero el coronel  se zafó de él diciendo: "Los
hombres deben verme". El sargento recibió en la frente una bala
perdida y se desplomó. La bala rebotó, pero ya estaba muerto; un nudo
negro brotando del entrecejo, como un tercer ojo.

    Un certero tirador con un buen rifle largo holandés Pennsylvania
puede dar a un hombre a trescientas yardas, más del doble de lo que
cualquiera de nuestras armas podían alcanzar, eso sin tener en cuenta
la precisión. Hasta ahora sólo habíamos matado a una bruja, que podía
ser o no de los indios enemigos.

    Edwin Barton dijo: "He soñado con Tamson Mabee toda la noche. La
tiré al granero el agosto pasado, pero mantenía su mano sobre el
conejo y no me dejaba. A penas tenía catorce. Creo que hoy me voy al
infierno".

    Alguien dijo: "¿Alguna vez lo has hecho con una india? Se quedará
quieta y no se revoloteará como una mujer blanca. Prefiero una india a
una blanca, siempre". Y alguien más añadió: "Conozco a un hombre, allí
en Port Rowan, que prefiere cerdos por el mismo motivo".

    Esto era guerra y conversaciones de bar.

    Estábamos tumbados bajo la lluvia, soñando con esposas y amantes,
buscando la amnistía en la cálida pureza del deseo – sí, algunos
masturbándose furtivamente en la lluvia con manos heladas. Al otro
lado del valle, los kentuckianos parecían criaturas del otoño y de la
lluvia, sus ojos anfibios rajados con precisión. Nuestros oficiales,
Salmon y Ryerson, dijeron que manteníamos una buena posición,
cualquiera que fuera el sentido de eso, que el ejército americano en
Niagara ya estaba retirándose a través del río, que teníamos que
prevenir a McArthur de quemar los molinos de Norfolk para que
pudiéramos seguir alimentado a los regulares del rey Jorge.

    Atrapados en ese valle, aguardando la llegada de la maldita
caballería, gritando y chillando alborozada por el riachuelo crecido,
parecía que hubiéramos entrado en algún extraño universo de espacio
curvado e hilos de luz. La lluvia caía a chorros. Algunos de nosotros
ya estábamos muertos, héroes de otras guerras y batallas. Llevábamos
luchando desde el agosto de 1812, cuando bajamos el lago con Brock
para socorrer Amherstburg. En momentos como ese, podíamos prever la
extinción masiva de todas las especies, el mundo convertido en un
desierto de cristal.

    Todo parecía familiar e inevitable. Habíamos ascendido desde la
taberna de Culver el día antes. Habíamos oído disparos en la dirección
de Brant's Ford al atardecer, y nos despertamos para ver caballería de
Kentucky e indios salir de la carretera del bosque y humo levantándose
de graneros incendiados tras ellos. Evidentemente, dada su historia,
los kentuckianos han nacido para el caos y la destrucción. Ahora
disparaban con apasionada precisión (pum, pum volaban las balas),
obligándonos a mantenernos bajo cubierto mientras movían tropas hacia
la llana orilla.

    Cubriéndonos la sesera con nuestros sombreros, maldecíamos la
lluvia y pasábamos el tiempo calculando ángulos de asalto. El lago del
molino, demasiado hondo salvo para nadar, protegía nuestra ala
izquierda. Esto significaba que los chicos de Salmon serían los
primeros en recibir, gracias a Dios. La Sra. Malcolm y su sirviente
negro estaban ocupados sacando troncos y armarios de la casa por si se
producía un incendio. Nadie les prestaba atención. De golpe y porrazo,
oímos gritos y lloros de guerra, en las profundidades del bosque
corriente abajo. El Coronel Bostwick envió a un explorador, que volvió
instantes después para notificar que los indios de McArthur nos habían
flanqueado, reptando a través de un vado cubierto de vegetación.

    Contemplábamos las nubes y veíamos jóvenes sin padre llorando en
el pozo, solitarias viudas durmiendo con sus manos escondidas entre
las piernas, y sombras moviéndose con terribles heridas, sin piernas o
brazos, cerebros escurriéndose por las orejas.

    Alguien dijo: "No puedo aguantar más", levantándose, y fue
alcanzado en el espinazo, girando. Se tiró un pedo y se quedó boca
abajo con las piernas temblando. Se agitaban como una serpiente con la
espalda rota. Los kentuckianos nos estaban tirando una cantidad
increíble de plomo ardiente.

    El coronel sonrió y añadió a gritos algún comentario más sobre
Azazel, luego ordenó a McCall que se quedara en la barricada de olmos
mientras el resto se retiraba. Buenas noticias para nosotros. Podíamos
arreglárnoslas sin los molinos de Norfolk: eran nuestros cuerpos,
nuestros miembros, pulmones, nervios e intestinos, de los que
dependíamos ayer y hoy.

    McCall tenía a Jo Kitchen, un renombrado púgil, tres de los
hermanos Austin, Edwin Barton y algunos más. Les dejamos nuestra
pólvora y municiones, más que suficientes para pocos hombres. En lo
alto del valle, Swain Corliss dio media vuelta, maldiciendo a algunos
de los que habíamos echado a correr. "¡Salvad primero a vuestros
caballos y, si podéis, a vuestras mujeres!" Estaba borracho. Muchos no
paramos hasta llegar a casa, motivo por lo que se conoce a esta
batalla como la de la Carrera a Pie.

    Swain Corliss procedía de una familia de violentos baptistas con
granjas en Boston Creek, a unas tres millas de Malcolm's Mills. Su
hermano Ashur había sido herido trece veces en la guerra y mantenido
su posición en Lundy's Lane, que Swain se había perdido por unas
fiebres. A Swain no le gustaba demasiado que su hermano se le avanzaa
así.

    Tenía un mosquete Brown Bess y una pistola de cañón largo de
infantería que su padre había comprado rota a un oficial. En la cima
de la colina se volvió y empezó a descender entre el alboroto de plomo
y gritos indios. Balas de mosquete revoloteaban alrededor de la
compañía de McCall como abejas, algunas picando. Swain tomó una
posición contra un árbol, cubriendo el flanco, y empezó a devolver
plomo. Edwin Barton, con una bala a través de los muslos, le cargaba.
Los hombres seguían levantándose para huir, y el capitán McCall les
pegaba en los hombros con la hoja de la espada.

    Swain Corliss, enclastando con un mazo de madera una piedra en el
cañón de su arma, seguía diciendo: "Chicos, puede ser dura, pero
seguro que es normal".

    Le picaron las abejas.

    Esa noche, su padre soñaba, y soñó con una abeja que le picaba en
el cuello y lo supo. Swain Corliss se acercaba a Ashur. Mató a un
soldado de Kentucky que venía por el riachuelo en carruaje. Después,
Swain Corliss disparó al caballo. Salía humo del molino. La Sra.
Malcolm corría en círculo, despejando el humo con una sábana. (Pum,
pum, fiu, fiu volaban las bolas). A pesar de que corríamos, estábamos
con ellos. Eran nuestros chicos luchando en el hoyo. El Coronel
Bostwick se sentó en Governor, su caballo de carreras, en lo alto del
camino.

    La compañía cedió la posición, girándose para disparar a cada
pocas yardas. Martin Boughner ató un pañuelo a su baqueta y se rindió
a un indio. Swain Corliss inmovilizó las piernas de Edwin Barton con
su camisa austera. Sordos por los disparos, tenían que gritar.

-Por Dios, Ned. Estoy convencido que no es difícil matarlos cuando
están así a tu alrededor.

-Recuerdo a una puta que conocí en Chappawa.

-Ned, ojalá pararás se sangrar tanto. Creo que te han matado.

-Sí.

    Estaban en otro sitio, una región de luz negra y densidad máxima.
En la carretera, sudando avergonzados en el frío, oímos los mosquetes
diluirse y desaparecer. Vimos a Swain Corliss, pálido, desplomado
sobre un roble entre las quemadas hojas muertas, con la cabeza de
Edwin en el regazo, desarmado si no fuera por su bayoneta, que
mantenía cruzada en el pecho mientras, los guerreros kickapoo salían
uno a uno, tocando reverentemente los hombros de Swain con los cañones
de sus mosquetes.

    Los kentuckianos habían perdido a un hombre, ocho heridos y un
par de caballos tomados en empréstito. Ese día, quemaron el molino y
uno de más abajo, y enviaron patrullas a atrapar rezagados, con éxito,
aunque posteriormente fueron liberados tras hacerles prometer sobre el
Libro Sagrado que no dispararían a otra persona de los Estados Unidos.
Los indios despellejaron y descuartizaron el cuerpo de Edwin Barton:
Ned ya no lo iba a necesitar más.

    Durante la noche, a tres millas de allí, James Corliss soñó que
una abeja venenosa le había picado en el cuello. Saltando de la cama,
le contó a su familia: "Ahí, tu niño pequeño está muerto o algo así".
Después, James Corliss irrumpió en la oscuridad, enganchó una narria a
su caballo, donde colocó un edredón de plumas, cojines y sábanas y
arrancó hacia el escenario de la batalla.
 

[@more@]

Quant a axel

Tinc 22 anys, i sóc allò que en diríem un periodista frustrat. Potser no he tingut sort, potser no hi he insistit prou o, segurament, no serveixo. Intento suplir-ho fent de traductor, o com a mínim això diu una de les llicenciatures que tot just acabo. A part d’a Barcelona, he tingut la sort de viure a la Rep. Txeca, a Israel/Palestina i, actualment, a Toronto, al Canadà. I de viatjar a una trentena de països.
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